• Laila Muharram

El alto precio de la dignidad en el punto más bajo de la tierra

Actualizado: 19 nov 2019



Cientos de egipcios sobreviven en precarios chamizos construidos para trabajar en los invernaderos del Valle del Jordán, que nutre de verduras y hortalizas al Reino Hachemita. Durante la temporada invernal, obtienen un permiso de trabajo que les permite ahorrar al mes 180 euros que envían a Sohag, la capital egipcia de la pobreza. Son la mano de obra barata que trabaja de sol a sol en uno de los países, Jordania, que más refugiados alberga de Oriente Medio y que debe combatir la influencia externa del fanatismo y el descontento social emergente dentro de sus fronteras.


Laila M. Rey | Valle del Jordán, Jordania

Fotografía: Isidro Serrano Selva


El valle del Jordán, un hervidero de sueños


A sólo 50 kilómetros al oeste de la ciudad de Ammán, entre los huertos diseminados por los pueblos de Deir Alla y en el corazón del Valle del Jordán, chabolas hechas de cartón, plástico y hojas de palma se erigen a lo largo de la carretera principal. Cientos de jornaleros, mayoritariamente egipcios, viajan cada año hasta allí para ser la mano de obra barata en invernadores que surten de verduras el mercado central de la capital jordana.


El valle, también conocido como Al Ghor en árabe, rodea las aguas saladas y estancadas del Mar Muerto, el punto más bajo de la tierra. El aire apenas fluye y se vuelve denso a medida que el coche desciende por la ladera en dirección al paso fronterizo de King Hussein. Avanzando hacia el norte en paralelo a la frontera que separa Jordania de Israel llegamos a Almo’adi Aljadedah, donde cientos de invernaderos surgen a ambos lados de la calzada, semejantes a los que dominan amplias superficies de Almería.



Con una temperatura media de 30 grados en verano, el calor es asfixiante. Pero el lugar es también un hervidero de sueños: el hogar de miles de refugiados palestinos que hace décadas encontraron allí la forma de sobrellevar el exilio y desde donde cada día vislumbran a lo lejos el territorio al que desearían volver, la tierra histórica de Palestina, a tan sólo 8 kilómetros de distancia.


Los campamentos de cartón


Las chabolas son una reminiscencia de los asentamientos precarios o slums que rodean El Cario. Construidas con sus propias manos, las estructuras se sostienen con materias primas que se encuentran alrededor de las granjas: cartón, plástico, tuberías de riego y bolsas vacías de fertilizantes. En la superficie, láminas de madera contrachapada rellenan puertas y techos.



El costo de construcción de este tipo de viviendas alcanza los 200 dinares -unos 230 euros- divididos entre la media docena que suele ocupar el espacio. La ropa cuelga de las paredes acartonadas, entre las cuelas los egipcios hacen su vida diaria cuando no están trabajando: toman té, preparan tortilla con pimiento verde, fuman narguile y charlan sobre las personas que les esperan a las orillas del Nilo.



Los campamentos carecen de los servicios más básicos como la electricidad, que consiguen gracias a un sistema de cables conectados entre las casas y tiendas de comestibles cercanas. Sólo la electricidad cuesta alrededor de 25 euros al mes. El agua se compra y se almacena en contenedores. Los trabajadores han excavado un sistema de alcantarillado primitivo, que se puede apreciar alrededor de las casas.



Sohag, la capital egipcia de la pobreza


Aunque los sirios han empezado a llegar a estas tierras en busca de trabajo, son los egipcios, habituados a los efectos del hambre, los que se quedan cuando el sol no da tregua. Reciben dinero sólo por las horas trabajadas cada día, en torno al dinar o dinar y medio la hora. La mayoría proceden de la localidad egipcia de Sohag, también conocida como la capital de la pobreza. Situada a 475 kilómetros al Sur de El Cairo, muchos de sus habitantes malviven: junto a las localidades de Assiut y Menya, todas ubicadas en el Alto Egipto, albergan el 82% del total de los pueblos más pobres del país, según el informe de Desarrollo Humano sobre Egipto del 2010.


“Vivimos aquí porque es el lugar más cercano a los invernaderos”, cuenta Salim, egipcio de Sohag de 32 años y padre de tres hijos. Está solo. Sus compañeros de trabajo han vuelto a Egipto ante la proximidad del ramadán. “He dejado a mi familia en Egipto para darles una vida mejor. Nuestra rutina es todo lo que ves: dormir, trabajar y comer lo que se pueda“, relata mientras prepara en un pequeño hornillo el café turco mañanero.


“Apenas consigo ahorrar 150 dinares -175 euros- para enviárselo a mi mujer. La mitad de lo que ganamos se va en los gastos diarios”, se lamenta. Luego esboza una sonrisa cálida. “Alhamdulilah (gracias a Dios en árabe) hoy mismo vuelvo a Egipto. Hace meses que no veo a mis hijos.”


El negocio del intermediario


La llegada a Jordania de estos jornaleros está regularizada. Una oficina de contratación se encarga de recoger el número de jornaleros que necesita cada propietario de cultivos, entre 15 y 20 trabajadores, dependiendo del tamaño de las tierras. Un intermediario será el garante de que cada trabajador permanezca sólo el tiempo estimado a cambio de una cantidad de dinero.


Una vez la oficina de contratación recibe las fotocopias de los pasaportes, la documentación es enviada al Ministerio de trabajo en Jordania, gracias a la cual se expiden los visados especiales para residir en el país durante un periodo máximo de 6 meses –de Noviembre a Mayo- que es lo que suele durar la estación de hortalizas, especialmente de tomates.


Un país de refugiados


La llegada durante los últimos 5 años de millón y medio de sirios a Jordania por culpa de la guerra, según ACNUR, ha sacudido el inestable equilibrio económico y social del país, ya de por sí desbordado por el número de refugiados iraquíes y palestinos que se exiliaron hace décadas en un territorio con escasos recursos naturales.


El rey Abdullah de Jordania expresaba, el pasado 4 de Febrero, su preocupación ante la falta de apoyos por parte de la Comunidad Internacional para manejar el gran flujo de refugiados, que amenaza el mercado laboral de sus nacionales que ven cómo los sirios, que tienen prohibido trabajar en el país, aceptan salarios irrisorios y trabajan más horas para poder mantener a sus familias. A la inestabilidad social se suma también la amenaza a la seguridad.

El fanatismo del Daesh busca aumentar su influencia en el país aprovechándose de la insatisfacción ciudadana. Sin embargo, lejos de los cantos de sirena del islamismo más radical que culpa de todo a Occidente, los egipcios como Salim invierten su sudor en los invernaderos del Valle del Jordán, aceptando vivir en condiciones míseras para ganar dignamente el sustento de cada día.

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