• Laila Muharram

El niño Zen

Un oasis de paz entre desiertos de violencia. En el hospital de heridos de guerra más grande del mundo.


Zein (con gorra), yemení de 6 años, sufrió la amputación de la mano izquierda y graves quemaduras en la derecha y en el rostro al caer una bomba en su casa en 2011| Ricardo García Vilanova

Unas manos diminutas juegan con piezas de Lego en una sala de rehabilitación. El pequeño Zein reconstruye la crueldad del conflicto que despedazó su infancia. “¿Qué es eso?", pregunta su fisioterapeuta Ahmad Muhsen. “Es una metralleta”, responde mientras coloca el precario juguete delante de sus ojos. Apunta y dispara con un supuesto gatillo. “Intenta usar el otro brazo”, le recuerda el Doctor. Pero el niño no puede mover un dedo índice que ya no existe. La prótesis temporal de su extremidad izquierda se mantiene inmóvil, incapaz aún de traducir sus órdenes. Zein vive desde que tiene memoria a cientos de kilómetros de su país, Yemen, en el hospital de heridos de guerra más grande de Oriente Medio y puede que del mundo, situado en la periferia de Amán, la capital de Jordania. El edificio que administra Médicos Sin Fronteras (MSF) es un oasis de paz entre desiertos de violencia, donde se enmiendan miles de vidas hechas harapos. Un equipo de profesionales especializados trata este tipo de lesiones, las más complicadas: amputaciones, quemaduras y reconstrucción maxilofacial. Los pacientes son seleccionados por el personal de MSF para recibir asistencia gratuita desde cinco países: Irak, Libia, Siria, Yemen y la franja de Gaza


Cuando la oleada de revueltas de la Primavera Árabe barrió millones de almas en 2011, Zein todavía podía contar su edad sin esfuerzo con los dedos de una mano. Pero aquel año una bomba incendió su casa mientras dormía, mutilando sus sueños. El fuego le quemó la mitad del rostro, le dejó irreconocible la mano derecha y le privó de la izquierda. Pasó cuatro meses en una sala de urgencias en Saná, sometiéndose a decenas de operaciones. Después de salvarle la vida, quedaba lo más duro: la recuperación. Un médico de la ONG recomendó su incorporación en este centro para recobrar la máxima funcionalidad posible de su cuerpo. Después de pasar aquí 24 meses, Zein ya mueve el brazo derecho y dentro de unas semanas dispondrá de una prótesis definitiva en el izquierdo. Desde que el hospital abrió sus puertas para tratar a los iraquíes heridos en la guerra del 2006, se han tratado más de3.500 pacientes. Ubicado en un nuevo emplazamiento, cuenta en la actualidad con 220 heridos como Saddam, otro yemení ingresado. Nos encontramos en la planta baja del sanatorio, frente a la sala de operaciones. Minutos antes de entrar al quirófano para operar a Saddam, el doctor Hana Janho se lava escrupulosamente las manos. Es uno de los 170 médicos del equipo que obra los milagros. El ortopeda explica, con la voz atenuada por la mascarilla, que van a sustraer el fijador externo que sujeta el hueso fracturado del joven sedado de 24 años. De esta manera, esperan que recupere la rigidez suficiente para que Saddam vuelva a caminar sin molestias. Horas después, Janho muestra al paciente ya despierto la radiografía de la tibia atornillada. «Ya hemos conseguido fijar el hueso, pero necesitarás pasar aquí varias semanas hasta que se suelde por completo». El joven nos habla de aquel fatídico día: «Iba conduciendo con mi camión en la provincia de Abyan cuando empezaron a disparar. Hubo una explosión y la metralla me reventó la pierna». Médicos Sin Fronteras valora a los pacientes caso por caso, teniendo en cuenta siempre lo que el tratamiento supondrá de mejora en sus vidas. "Ya muevo el brazo" «Los casos más graves son de sirios que han sido mal operados en las primeras horas y llegan meses después. A veces ha sido necesario amputar porque las heridas no fueron limpiadas adecuadamente y se infectaron», relata la directora de prensa Enass Abu Khalaf, que desde que se incorporó al proyecto ha sido testigo de heridas devastadoras. «Nunca olvidaré el caso de un taxista sirio. Un tiro le había destrozado la mandíbula inferior. Durante el postoperatorio me contaba feliz que acababa de comerse una zanahoria. Llevaba cuatro años sin probar la comida sólida», relata la mujer, que asegura que las personas tratadas se marchan a sus países de origen con un alto grado de satisfacción. Aunque no todas pueden volver. «Actualmente la mitad de los pacientes que ocupan las camas son internos, ya que no pueden regresar a sus países porque ponen en riesgo su integridad física», reconoce Abu Khalaf. «Trabajamos para que puedan tener una vida normal cuando salgan de aquí». En la misma sala de rehabilitación donde Zein espera su nueva prótesis, el fisioterapeuta jordano Salim Omar alienta a una pequeña siria de la provincia de Daraa. «Yalla Rawan, intenta no mirar al suelo », le anima Salim. «No pienses que estás caminando y mira al frente ». La niña sonríe tímida mientras empieza a dar un paso tras otro. Las dos horquillas de color rosa que sujetan los mechones de su frente contrastan con su pelo azabache. «Bravo Rawan», le felicita el médico cuando llega a su lado. «Ahora sube y baja estas escaleras». Con algo de esfuerzo, la chiquilla sube el escalón con la pierna izquierda y después levanta la derecha que parece pesar como un muerto. Su madre observa la escena con una extraña quietud. Después relatará que el accidente que cercenó el pie de su hija se llevó por delante a uno de sus hermanos. «Alhamdulillah» -gracias a Dios, sentencia-. Rawan sigue viva y pronto podrán empezar a olvidar. La joven no ocupa una de las 148 camas del hospital, sino que vive en un piso de los alrededores y sólo visita a su fisioterapeuta para hacer los ejercicios de rehabilitación rutinarios. El conflicto que sigue asolando el país hace poco probable una vuelta inminente a la casa donde Rawan perdió algo más que una parte de su cuerpo. Olvidan hasta su edad «Nuestro trabajo no sólo consiste en proporcionar servicios quirúrgicos o de postoperatorio, sino también apoyo psicológico porque son víctimas de guerra que han vivido sucesos traumáticos», explica Abu Khalaf. Han sido testigos de violencia extrema, han visto morir a familiares, han perdido sus casas o incluso han sido torturados. Algunos como el sirio Mohammad Amer Khalaf, que está en la misma sala que Rawan, tienen que hacer un gran esfuerzo para recordar su edad. Nos enseña con su móvil una foto de su camioneta agujereada. «El impacto del misil y la angustia de aquellos minutos fueron tan intensos que me han hecho olvidar datos elementales de mi biografía», confiesa.

El soporte psíquico también pasa por hablarles de los resultados que pueden esperar de las operaciones. «Las heridas son muy complicadas y las expectativas muy altas. Les advertimos de que quizá no vuelvan a tener la misma apariencia de antes», revela Khalaf. El proceso les obliga a afrontar lo ocurrido y aceptarlo. Así estarán mejor preparados para las reacciones de la sociedad donde proceden, en especial, los niños y las mujeres. Enass es clara en este sentido. «Algunas chicas temen ser rechazadas por sus prometidos y/o maridos por la deformación física que ahora padecen».

En la segunda y tercera planta del recinto están las habitaciones de aquellos que esperan intervenciones. Allí conocemos al activista palestino Wael Saed, que prefiere no dar el nombre de la organización que le disparó un tiro en el pie delante de sus hijos. No olvidará el 4 de agosto del 2014, el día que le desbarataron los proyectos que tenía en marcha en Gazapara propiciar el diálogo entre grupos locales enfrentados. Mira mucho por la ventana mientras rememora el calvario de los últimos meses. «Viajé a Turquía para someterme a la primera operación en septiembre de 2014 pero fue un fracaso. Me intervinieron por segunda vez en Gaza pero ya no estaba seguro allí y me tuve que marchar», recuerda afligido. Sus ojos se humedecen. Aprovecha esos minutos para agradecer la labor de MSF.

 «Lo peor no ha sido el balazo. Lo peor es que lo hicieran delante de mis hijos. Ahora cada vez que llamo por teléfono a casa me piden que no vuelva porque piensan que me van a matar», confiesa. Partidario de Yasser Arafat, trabajaba dentro de una formación civil desde 1994. «Hay grupos en la franja que no quieren la paz ni la seguridad », declara el defensor de los derechos humanos tumbado en la cama. En su opinión, las organizaciones civiles han fracasado a la hora de lograr el entendimiento entre facciones divergentes. «Es una lástima que cada vez haya más partidarios del Estado Islámico (IS en sus siglas en inglés) en la franja». Recalca que se necesitan más organizaciones de derechos humanos y no sólo de ayuda humanitaria como MSF para hacer frente a grupos cada vez más radicalizados. En un rincón, otra niña los mira desde la distancia, como pensando si acercarse o no. La yemení de siete años, llamadaAnuar, viste un abrigo rojo impoluto. No parece encajar en aquel ambiente: no tiene huellas visibles en la piel de agonías pasadas. Se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja cuando los iraquíes le invitan a jugar. Se congrega un grupo de nacionalidades diversas en torno a la mesa minúscula. Son de orígenes distintos y desconocen los nombres de los culpables directos de su desgracia, pero comparten un objetivo común: renacer. En la cuarta planta, los iraquíes Ahmad y Mohamad juegan a las cartas en una sala de recreo donde otros niños pintan, hacen manualidades o se baten en duelo frente a un ajedrez o a un tres en raya. Los chavales, de 15 y 11 años, tienen quemaduras de segundo grado en la cabeza, el rostro, el cuello, las manos. Usan gorros de lana en pleno mes de abril. Cuando se les pregunta sólo tienen una palabra en los labios: «Daesh, ¿sabes quiénes son, no? Traca, traca, traca...», cuentan refiriéndose al Estado Islámico mientras imitan con sonidos guturales el ruido de las balas.

Aceptar la nueva identidad es uno de los retos más difíciles para esta generación marcada por la guerra. El reflejo que les devuelve el espejo cada mañana les acompañará siempre. La prioridad del equipo de MSF es que recuperen la máxima movilidad, facilitando el soporte material y humano para enfrentarse a los desafíos del futuro. Pero nadie puede acceder a esas otras heridas que no se ven y que están formadas de recuerdos borrosos, angustia, dolor, pérdida de seres queridos y hogares a los que quizá ya no puedan volver. Para esos muñones del espíritu, sólo existe un remedio: el tiempo.

Crónica publicada en web y papel en EL MUNDO en Junio del 2015 en colaboración con el fotógrafo Ricardo García Vilanova.

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