• Laila Muharram

La frontera entre la vida y la muerte

Miles de refugiados se agolpan en la zona desmilitarizada entre Jordania y Siria huyendo de la guerra. Aunque el Derecho Internacional Humanitario lo prohíbe, los hospitales siguen siendo claros objetivos militares.

Vista satélite de asentamientos frente a la entrada de Rukban, en la frontera entre Siria y Jordania.

Lo que devastó el futuro del joven Abdulá no fueron los suicidas que se inmolaron en un teatro en París, por eso nadie conoce su historia. A Abdulá, y a miles como él, la desgracia no le citó en suelo francés, donde quizá todavía conservaría la pierna derecha. Mientras que el peor atentado en Europa puede acabar con decenas de inocentes en el acto, los supervivientes pueden ser tratados inmediatamente por sus servicios de emergencia. Pero en Siria, los hospitales son también objetivos de guerra y allí donde piensas que van a salvarte pueden arrebatarte la vida.


Abdulá, de 20 años, se encontraba hace ocho meses en su casa de Siria, en una ciudad llamada Jasim. Antes de la guerra era el distrito comercial de Izra’ y contaba con 45.000 habitantes. Su vida transcurría con normalidad junto a sus padres y sus ocho hermanos, con todos los servicios vitales cubiertos. Pero después de cuatro años de violencia, de Jasim apenas queda ya nada. Cuando el misil alcanzó la casa de Abdulá y le cercenó la pierna, el hospital más cercano para tratar sus heridas se encontraba en otro país. Abdulá despertó inconsciente en el hospital de Médicos sin Fronteras (MSF) de la ciudad de Ramtha, al norte de Jordania y a solo cinco kilómetros de la frontera con Siria. Un lugar seguro con servicios médicos de calidad garantizados. Sin embargo, MSF ha sufrido durante los últimos meses lo peor de la guerra: sus instalaciones han sido bombardeadas en Afganistán, Yemen y Siria. Aunque el Derecho Internacional Humanitario lo prohíbe, los hospitales siguen siendo claros objetivos militares.


Una larga recuperación.


Abdulá se recupera ahora en el hospital que Médicos sin Fronteras ha montado en el campamento de Zaatari, a 13 kilómetros de la frontera siria. Allí van a parar los heridos de guerra que necesitan una larga recuperación. “Quería ser ingeniero eléctrico, pero nunca pude ir a la universidad porque mi ciudad quedó destruida desde el principio del conflicto en 2011”, explica Abdulá desde su silla de ruedas. El hospital de Médicos sin Fronteras en Zaatari cuenta con 40 camas disponibles para la llegada de pacientes del hospital de Ramtha. Los heridos como Abdulá atraviesan en condiciones de emergencia el cruce de Tal-Shihab, el acceso más cercano y directo a Jordania. Solo aquellos cuya vida corre serio peligro pueden cruzar por allí. Ninguno de los familiares del joven pudo acompañarle hasta el hospital donde despertó.


“Cuando abrí los ojos estaba rodeado de gente extraña. En el hospital de Ramtha permanecí un día y luego me trasladaron aquí, donde recibo rehabilitación para empezar a moverme mientras espero mi prótesis”, añade mientras fuma un cigarro. En el campamento de refugiados de Zaatari la vida transcurre lenta y pesarosa. Los pacientes como Abdulá permanecen dentro del recinto de MSF durante meses, ajenos al bullicio de los niños que juegan justo delante, donde se encuentra un colegio regentado por Unicef.


Tormento físico y mental


Los gritos de los chavales jugando en los recreos contrastan con el ánimo de los heridos. Los primeros días son los peores. El cuerpo tiene todavía que acostumbrarse a la mutilación. El tratamiento es doloroso. Los internos están acostumbrados ya al grito atormentado. “Es mejor que les duela ahora y no durante toda la vida”, explica un miembro del equipo médico.


“Lo peor es la salud mental. A veces se ponen en contacto con nosotros familiares de las víctimas que están ya en el campamento y la compañía les reconforta”, relata Ahmad Al Salman, fisioterapeuta jordano. No es el caso de Abdulá: “Quiero volver a Siria porque mis padres y mis hermanos siguen allí”, afirma convencido. Decenas de sirios regresan cada día desde el campamento de Zaatari a su país porque su situación económica en Jordania es insostenible.


Para volver a ver a sus familiares Abdulá solo tiene una opción: regresar a lo que queda de su ciudad natal, Jasim. Que sus allegados hagan el recorrido inverso es largo, costoso y peligroso. La frontera más cercana a la provincia de Deraa está cerrada desde que fuerzas opositoras se la arrebataran al régimen sirio. Solo los heridos pueden entrar por allí con la aprobación de las autoridades jordanas. La única entrada posible para los civiles, el checkpoint de Rukban, se encuentra a decenas de kilómetros, en el sureste de Siria.


De conseguir alcanzarlo se encontrarían a 12.000 refugiados más que esperan en la zona desmilitarizada entre Jordania y Siria, según denuncian organizaciones como Human Rights Watch o Acnur. Estos refugiados viven en pésimas condiciones, en una zona rocosa donde no hay agua, ni vegetación, ni sombra. Podrían pasar meses hasta que las autoridades jordanas abrieran las fronteras que mantienen cerradas, alegan, por motivos de seguridad. La familia de Abdulá tendría que esperar a la intemperie la llegada del invierno y sin la certeza de que lograrán cruzar. Por eso Abdulá lo tiene claro: prefiere volver sin una pierna a un país en guerra que hacer que su familia sufra semejante trayecto.  


Artículo publicado en Tiempo de Hoy en Enero del 2016.

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